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Cuento 2: Valente
Es ya muy tarde pero Urso Vejho sigue tocando el beirinbau , pronto amanecerá y entonces todos deben ir a trabajar. Se han reunido esta noche en que la luna mengua para practicar capoeira como llevan haciendo desde años atrás, pero hoy el anciano no quiere dar por terminada la roda. Su voz suena triste y sus ojos, aunque fijos en los luchadores, parecen mirar más allá, quizás a otro lugar, a otro tiempo. Hace ya algunas horas que los hombres de Ferreira partieron tras la pista de Valente, todo hierro y mosquetes con sus ruidosos perros y sus mostachos crueles. El recuerdo de Galho y Tam Tam tiene un sabor amargo y demasiado reciente en el corazón de todos, Fernando Ferreira quiso dar una lección de su poder: mandó colgar a los fujitivos de los pies durante dos jornadas enteras ante los ojos de todos, despues les corto el cuello con su propio cuchillo como si fuesen puercos. Algún viejo dios protector quiso que por entonces Tam Tam ya estuviese muerto.
Pequenho derriba a un joven casi axhausto sobre la arena de la roda. Urso Vejho comienza ahora a cantar al gran mono para que proteja a Valente en la selva, para que le preste su astucia y su suerte y de este modo el joven pueda burlar a los cazadores. Mientras canta, el viejo y enorme negro que había nacido en libertad al otro lado del océano, contiene las lágrimas que desde su infancia prometió no entregar a los portugueses.
"¡ He escuchado que al otro lado del río, a pocas jornadas de Matavermejho se han llegado unos cimarrones, gente de armas, hijos de hijos de los que pelearon en las guerras de Palmares!" Las palabras vivas de Valente suenan frescas en el recuerdo del viejo, como también se hacen eco en su pecho los ojos llenos de esperanza del muchacho y aquella sonrisa mellada por las palizas. "De ser un poco más joven y no estar cojo iría contigo." le había dicho Urso Vejho; ahora rezaba al dios Mono para que el chico tuviese suerte.
Los cascos de un caballo al trote irrumpen en el ritmo de la música de la roda que hasta entonces era el único sonido que rompía la quietud de la hacienda. Urso Vejho cambia el toque de su beirinbau y Pequenho ayuda al otro luchador a levantarse para danzar denuevo. La figura del gordo Matias, hijo de Fernando Ferreira se dibuja entre las matas a la luz de la luna y el débil reflejo de las antorchas de la roda destaca su rostro cruel. Observa bailar a los salvajes con una sonrisa ingenua en su boca...
Entonces se escucha escándalo en la lejanía, voces y ladridos, el portugués alza la vista y galopa en su busca, los negros como si no oyesen nada continúan con su roda, muchos aprietan los dientes o cierran con fuerza los ojos, rezan a su modo soñando que la partida de caza regresa de manos vacías.
Tras unos minutos que parecen siglos Matias Ferreira regresa al claro sin expresión en el rostro, con su cabalgar torpe y ridículamente vanidoso del que los negros hacen burla a escondidas. "A trabajar bastardos, ya habéis tenido bastante juerga por hoy." Pero las palabras del gordo son acompañadas por los primeros rayos de sol, hoy no habrá lección para los que pretendan fugarse, Valente esta ya muy lejos.
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