El viaje de la danza guerrera

Cuento 3: La virgen del Gaucho

En la oscuridad de un rincón de una taberna del puerto Fernando Gaucho maldice su suerte. ¿Cómo pudo perder la maldita virgen ahora que tanta falta le hacía? Se la había regalado la vieja Malula cuando era poco más que un renacuajo y no se había separado de ella ni un solo instante en casi cuarenta años. El amuleto le había salvado la vida cuando a aquel matarife de Minas Gerays que le tenía encañonado en el callejón le reventó el arma en las manos, o cuando los matones de un gallego rencoroso se confundieron de tipo y molieron a palos al pobre Maziel en su lugar, y bueno, en unas cuantas ocasiones más que ahora desfilan por la mente de Fernando como un macabro presagio.
Se frota la cabeza con nerviosismo, levanta un dedo, pide un poco más de cachaça al tabernero e intenta, sin éxito, pensar en otra cosa. Quizá la perdió en casa de María ¿Quién le mandaría a él andar metiéndose entre esas sábanas?. Debería ir a buscarlo allí pero es peligroso, la cosa no pinta como para dejarse ver por el barrio, esta vez se trata de mucha grana y la demora es larga así que el de la cara quemada no va a andarse con chiquitas. Él lo sabe bien, lleva quince años ajustando cuentas, y negocios como éste no suelen acabar felizmente. Si tuviera su virgen otro gallo cantaría, iba a enseñarles a esos matonzuelos de tres al cuarto como las gasta el Gaucho. De la guerra del Uruguay volvió sin un rasguño y no se trajo medallas porque para los negros no había. Aquello sí era asunto serio y no las rencillas callejeras de medio hombres y pietiernos. Pero sin la virgen la historia cambia de cara, la vieja Malula le dijo que mientras la llevase colgada del cuello “ni a hierro ni a fuego” pero sin ella la buena estrella no está asegurada y a la diosa fortuna la pintan los griegos con alas por algo, que los griegos son gente de mucha ciencia.

El tabernero, un negro grande y pelón con cara de hombre de bien, se acerca y le rellena el vaso. Fernando agradece y tiende el cristal hacia él como si brindara, el hombre asiente reconociendo el gesto. Una mulata de muy buen ver entra en el bar y se acomoda en la barra sonriendo a dos contertulios de esos que visten traje caro los domingos y comen pan duro el resto de la semana. Fernando hace cuentas instintivamente pero la cosa no está como para olvidarse y pasar el rato. Pide otro vaso y evalúa la situación con poco optimismo, tarde o temprano le dan el pase, eso es seguro. Amigos le quedan pocos y de los que no le dejarían seco por treinta monedas sólo uno, pero después de lo de María...
Pobre Carlinhos, ése si había sido siempre un amigo. Pelearon juntos cuando lo del Uruguay, aunque él, que no tenía virgen ni amuleto ninguno perdió un ojo y gran parte de su alegría en la contienda. Se conocían desde que aprendieron a andar, de chavales jugaban capoeira junto a la placita de bom fin y más tarde habían salido siempre juntos con Luceni y María hasta que Luceni se marchó al sur con el maldito relojero alemán.

El reloj da las once y cuarto cuando Carlinhos entra en el local, Fernando está distraído entre planes y recuerdos y no lo ve hasta que lo tiene enfrente de sus narices. Entonces los nervios desaparecen, son muchos años para andar con rodeos y mejor Carlinhos que un pelagatos cualquiera, piensa el Gaucho. Le observa con melancolía y le hace un gesto para que se siente. Carlinhos se quita el sombrero, lo pone sobre la mesa y sin mediar palabra con su viejo amigo pide un vaso y la botella.
- ¿Como lo supiste?- Pregunta el Gaucho sin atreverse a mirar al único ojo vivo de su compañero.
-Lo sabía hace tiempo, pero no quería creer.- Responde éste mientras se llena el vaso.
- ¿Por cuanto dinero me habrías matado?- Pregunta Fernando.
- Sabes que yo no te mataría por dinero, crecimos juntos.

Acaban la botella y entre pregunta y pregunta surgen los recuerdos y las historias; hablan de la guerra y de cuando trabajaron juntos en la Argentina, de otras borracheras y de amores ya casi olvidados, de las viejas peleas cuando se defendían el uno al otro como si fuesen gemelos y de cómo han cambiado los tiempos y los hombres. Al terminar Carlinhos pide otra botella y la charla continua, ambos ríen y brindan por un montón de cosas que un día soñaron y nunca fueron.

Después las caras se ponen más serias y Fernando, que ya se atreve a mirar a su amigo de frente, le dice:
- Bueno, acabemos pronto ¿no? Te esperan en casa.
Carlinhos asiente sin hablar, esta vez es a él a quien le cuesta mirar a los ojos a su compañero. Traga saliva, coge su sombrero y hace un gesto a Fernando para que camine delante.

Un solo tiro en la nuca es suficiente para mandar al Gaucho a rendir cuentas con los de arriba. La sangre, muy roja, mancha el traje de lino de Carlinhos, su mejor traje. El cuerpo cae como un saco de patatas sobre la arena del camino y Carlinhos lo mira y contiene las lágrimas tragando saliva otra vez. Después se saca la virgen del Gaucho del bolsillo de la camisa, reza lo poco que recuerda de un Ave María, y cierra sobre ella los dedos de la mano de su viejo amigo.